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El valor de la honestidad - Siendo una persona sincera, vivo de manera sincera

Cuando vine a Australia por primera vez, la barrera del lenguaje fue una dificultad a la hora de encontrar trabajo: a veces, no recibía respuesta tras mi entrevista; otras, me rechazaban directamente al teléfono… Ante esta situación, me preocupaba mucho: si no lograba encontrar un trabajo, ¿cómo podía seguir viviendo en un país desconocido? Por culpa de esto, no podía dormir por las noches y derramaba muchas lágrimas en secreto. Tiempo después, una empresaria china que dirigía un servicio de limpieza me concedió una prueba y una semana más tarde me contrataron oficialmente. Agradeciéndolo muchísimo, trabajaba muy duro todo el día.

Mi jefa había estado en el negocio en Australia durante unos diez años. La mayor parte de sus clientes eran habituales que tenían exigencias estrictas en cuanto a la limpieza. Mi jefa era seria y tenía muy mal genio: siempre hablaba a sus empleados en un tono de voz muy severo y si hacían algo mal, les maldecía sin dudarlo. Así que, por miedo a ser maltratada o despedida, me encontraba siempre en un estado de ansiedad muy alto y centraba cada día toda mi atención en las tareas.

Un día, mi jefa nos llevó a la casa de un hombre rico para que la limpiásemos. Antes de entrar, la jefa nos advirtió de que fuésemos muy cuidadosos en nuestro trabajo ya que cada mueble era muy delicado y caro. Al ver su cara tan seria, me puse muy nerviosa. Así que, en cada habitación, limpié cada rincón y quité el polvo de cada cosa con mucha delicadeza por miedo a romper cualquier cosa que no me podía permitir pagar. Sin embargo, lo que más temía sucedió: cuando estaba limpiando un interruptor en la pared, su cubierta de cristal se cayó. Me apresuré para cogerla, pero no fui capaz. Me quedé mirando estupefacta y rompí en llanto, pensando en lo que había hecho. Para mi sorpresa, cuando recogí la cubierta, vi que en realidad estaba intacta. En ese momento, me sentí muy aliviada y pensé, “La calidad de esta cubierta debe de ser realmente buena. Sigue intacta, incluso tras haber caído desde tal altura”. Entonces, la coloqué de nuevo con mucha cautela. Viendo que parecía seguir cómo estaba, me sentí muy feliz y continué con mi trabajo.

La semana siguiente, volví a la casa a la hora acordada y me fui antes de terminar la limpieza. Cuando íbamos a la siguiente casa, mi jefa dijo confusa “Qué raro. Él nos paga siempre, ¿por qué no lo hizo esta vez? Le voy a llamar”. Poco después contactó con él y comenzaron a discutir por teléfono. Cuando me enteré vagamente de qué discutían por algo roto, mi corazón se encogió y pensé: “¿Están hablando sobre la cubierta de cristal? ¿Pero no estaba intacta cuando la recogí? Oh, si realmente es la cubierta, estoy metida en un buen lío”. Oyendo la voz indignada de mi jefa, me asusté mucho, sin atreverme a decir ni una palabra. Más tarde, el cliente le envió una foto. Al ver la foto, me quedé atónita porque era la cubierta y estaba totalmente rajada. Pensando que el cliente le estaba pidiendo dinero, mi jefa comenzó a chillar por teléfono. A la luz de las circunstancias, estaba muy asustada y en mi mente se mezclaban los pensamientos: “Es mi culpa. ¿Debería decir la verdad o no? Si no la digo, Dios me odiará y no estaré en paz; además, mi jefa podría perder a este cliente y dinero. Pero si digo la verdad, mi malhumorada jefa me despedirá definitivamente”. Con este pensamiento, me disgusté muchísimo y fui incapaz de saber qué hacer.

Cuando llegamos a la casa del cliente siguiente, mi jefa seguía discutiendo con el anterior. Culpable y angustiada, subí asustada. Y entonces, recé a Dios: “¡Dios, tengo mucho miedo y me siento responsable porque fui yo quien rompió la cubierta! Debería decirle a mi jefa la verdad. Pero me preocupa ser despedida y no ser capaz de salir adelante si cuento la verdad. Además, me temo que, si mi jefa sigue discutiendo con el cliente, se meterá en problemas y todo podría acabar en una demanda. ¡Dios! Ahora me siento muy asustada y débil. ¿Qué debería hacer?”

Tras rezar a Dios, de repente pensé en un pasaje, “En cada paso de la obra que Dios hace en las personas, externamente parece que se producen interacciones entre ellas, como nacidas de disposiciones humanas o de la interferencia humana. Sin embargo, detrás de bambalinas, cada etapa de la obra y todo lo que acontece es una apuesta hecha por Satanás ante Dios y exige que las personas se mantengan firmes en su testimonio de Dios. […] Por tanto, en todo aquello con lo que te encuentres hay una batalla, y cuando se produce una en tu interior, gracias a tu cooperación y tus sufrimientos reales, Dios obra en ti. […] Todo lo que las personas hacen tiene un determinado precio en sus esfuerzos. Sin dificultades reales no pueden satisfacer a Dios; ni siquiera se acercan a ello, ¡y solo están repitiendo eslóganes vacíos! ¿Pueden estos eslóganes vacíos satisfacer a Dios? Cuando Él y Satanás luchan en el ámbito espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? Y ¿cómo deberías mantenerte firme en el testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y es el momento en que Dios necesita que des testimonio”.

Sopesando estas palabras y pensando en lo que me había pasado me di cuenta de que Dios me estaba probando. Me enfrentaba a la elección entre mis propios intereses y la verdad que Dios me pedía practicar, y Él estaba observando mi actitud y elección de la misma forma que Satanás. Reflexionando sobre los pensamientos e ideas de este asunto, me di cuenta de que, movida por mi naturaleza egoísta, siempre estaba protegiendo mis propios intereses. Tenía miedo de que, si decía la verdad, sería maltratada por mi jefa y fracasaría delante de los demás, o incluso me despedirían y perdería mi fuente de ingresos. Movida por estos miedos, cuando vi a la jefa discutiendo con el cliente para demostrar su inocencia no tuve el valor de reconocer mi error. Fui muy egoísta y despreciable. Fallando en mantenerme fiel al Señor, me sumergí en la oscuridad, sin poder ver el rostro de Dios y sentí cómo mi corazón era reprochado y reprendido. Era el carácter justo de Dios que me estaba conmoviendo.

En ese momento, estas palabras aparecieron en mi mente de una manera muy clara, “Tú debes […] actuar honestamente y directamente, hablar y desenvolverte de acuerdo con los hechos, y ser alguien abierto y sincero”. Gracias a Dios por Su iluminación y guía, que me permitieron entender esto: Dios espera que seamos abiertos y sinceros, y que actuemos de manera honesta y directa. Solo las personas que son abiertas y honradas y sienten tranquilidad y paz interior pueden ser bendecidas por Dios. Ese día, el plan de Dios fue el de limpiar y cambiar mi carácter corrupto y permitirme practicar la verdad de ser una persona honesta. Así que tuve que dejar a un lado mis intereses, dejar de preocuparme por las reputaciones y asumir la responsabilidad. Incluso aunque mi jefa me despidiera, tenía que decir la verdad. Pensando en esto, respiré profundamente y llamé a Dios en silencio en mi corazón: “Dame fe y fuerza. Garantízame la palabras que debería decir”.

Entonces, fui a ver a mi jefa. Viendo su cara de enfado, todavía me sentía un poco asustada. Pero rezando a Dios otra vez para pedir fuerza, conseguí el valor y le dije, “jefa, fui yo quien rompió la cubierta. Cuando cayó, pensé que debía estar rota, pero seguía intacta cuando la recogí. Así que la coloqué de nuevo y continúe trabajando sin decírselo. Nunca pensé que estuviese rota. Siento haberte metido en este aprieto. Estoy dispuesta a pagar los daños”. Tras decir esto, me sentí muy relajada y esperé su respuesta enfadada.

Para mi sorpresa, mi jefa no se enfadó, pero respiró muy profundamente, y entonces me dijo, “¡Fang, fuiste tú todo el tiempo! La cubierta no se rompió en ese momento dada su buena calidad y fue diseñada para resquebrajarse gradualmente. Bueno, está bien. Me disculparé con el cliente y veré cómo podemos lidiar con este asunto. Vuelve al trabajo y tan solo sé más cuidadosa de ahora en adelante”. Después de oír esto, no podía creer lo que estaba escuchando. Pensaba que sería maltratada como de costumbre y que al menos tendría que pagar por la cubierta, eso si no me despedía. Fue entonces cuando me di cuenta de que fue Dios quien había hecho todo eso. Viendo las buenas obras de Dios, me emocioné mucho y sentí la felicidad, firmeza y paz que se sienten al ser una persona honesta. Ofrecí silenciosamente las gracias y recé a Dios en mi corazón.

Poco después, mi jefa nos llevó a esa casa para hacer la limpieza de costumbre. A causa de ese error, trabajé más cuidadosamente que antes: cogía las cosas más valiosas con mayor delicadeza y con frecuencia me recordaba, “No debo meter a mi jefa en un lío otra vez”. Entonces inesperadamente, estaba limpiando una delicada lámpara de escritorio cuando la pantalla y la bombilla cayeron al suelo, y esta última se rompió en pedazos. Viendo esto, me quedé atónita: “Lo que ocurrió la última vez acaba de pasar al olvido y ahora he cometido el mismo error. ¿Cómo voy a enfrentarme a mi jefa? ¿Me perdonará otra vez?” Estaba muy nerviosa y desconcertada y no sabía qué hacer. De repente, pensé en la experiencia anterior y me di cuenta de que había sido la voluntad de Dios. Así que inmediatamente invoqué a Dios, “¡Querido Dios! Hoy me ha vuelto a pasar lo mismo. ¿Cómo debería afrontarlo?”

Tras rezar, pensé en estas palabras “En realidad, sin embargo, este asunto es una lección que deberías estudiar: una lección sobre cómo temer a Dios y apartarte del mal. Además, lo que debería preocuparte más es saber lo que Dios está haciendo cuando este asunto surge delante de ti. Él está justo a tu lado, observando cada una de tus palabras y acciones, y observando todo lo que haces y los cambios que ocurren en tus pensamientos; esta es la obra de Dios. […] Siempre que Él dispone una situación para ti, está mirando en secreto, contemplando tu corazón, observando tus pensamientos y deliberaciones, viendo cómo piensas y esperando para ver cómo actuarás”.

Reflexionando sobre esto, me di cuenta de esto: en cada situación que se me presentaba, fuese grande o pequeña, buena o mala, debería practicar la verdad. La última vez, cuando no había practicado la verdad, me sentí víctima del engaño de Satanás y continuamente angustiada. Cuando ocurrió lo mismo de nuevo comencé a preocuparme por mi reputación y mis propios intereses de nuevo. Dios lo observa todo. Él está mirando a mis pensamientos y reflexiones y a cada acción, observando si puedo dejar de lado mis deseos y mis intereses para practicar la verdad de ser una persona honesta.

Entonces, pensé cómo el Señor Jesús había dicho una vez, “[...] En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Dios es santo, así que solamente aquellos que son sencillos y honestos pueden entrar en Su reino. Sin embargo, como somos corrompidos por Satanás somos egoístas y engañosos; para defender nuestros propios intereses, no nos atrevemos a decir la verdad. ¿Cómo la gente como nosotros puede heredar lo que Dios ha prometido y entrar en Su reino?”

¡Gracias a Dios! Habiendo entendido Su voluntad, parecía que había obtenido una fuente de poder suficiente para afrontar mi error con valentía. Sabía que practicar la verdad no era sólo admitir mis errores, sino también transformar mi carácter corrupto y vivir como una persona honesta. Independientemente del resultado, estaba dispuesta a responsabilizarme. Así que fui a ver a mi jefa y admití mi error de manera franca. Para mi sorpresa, me dijo amablemente, “No pasa nada, Fang. El candelabro y la pantalla ya estaban rotos, algo que no te había dicho antes. Solo tenemos que comprar una nueva bombilla y ponérsela. Se lo diré al dueño. Continúa y limpia las habitaciones”. Sus palabras me sorprendieron, pero pronto me calmé. En ese momento, tuve una revelación repentina: esto es una prueba para mí. Todas las cosas sirven unas a otras con el objetivo de beneficiar a la gente que ama a Dios; Dios dispone estas circunstancias para permitirme obtener la verdad de ser una persona honesta. Pensando en esto, me sentí llena de gratitud hacia Dios.

Aún más milagrosamente, tras estos dos acontecimientos, mi malhumorada jefa ya no me maltrató más. En su lugar, me asignó el trabajo más delicado y me aumentó el sueldo. Además, lo que más me satisfizo fue que la relación entre ambas fue más allá de la de jefa y empleada. Ahora me consideraba su amiga íntima. A menudo me buscaba para charlar, contándome sus preocupaciones y dificultades. Es más, me enseñó cómo relacionarme con los residentes y cómo adaptarme a mi vida en Australia. Incluso mis compañeros me decían, “Fang, la jefa es muy amable contigo. Tenemos mucha envidia”. Oyendo esto, daba las gracias a Dios desde mi corazón. Sabía que siendo una persona honesta conforme a las palabras de Dios podía ganarme la confianza de mi jefa. Fue todo por la gracia y la bendición de Dios. ¡Gracias a Dios!

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