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Pesadilla en Londres: la peligrosa experiencia que vivió una estudiante secuestrada de 18 años

Todas las personas desean vivir una vida en paz, pero ningún peligro es inevitable en una era de maldad y corrupción. ¿Qué debemos hacer cuando nos encontramos en peligro? ¿Quién nos puede liberar en situaciones nefastas? Todos buscan las respuestas. Yo doy las gracias a Dios. Desde mi experiencia, me di cuenta de que Dios tiene control sobre todas las cosas. Él es quien creó todas las cosas. Cuando un desastre nos acecha, siempre que confiemos y oremos al Señor de corazón, Dios nos librará del mal.

Cuando tenía 18 años, vine a Londres a estudiar sola. Una noche, un compañero de clase me invitó a cenar. Eran las 11:30 de la noche cuando salimos del restaurante. Mi compañero se ofreció a llevarme a casa, pero rechacé la invitación amablemente porque creía que el restaurante no estaba lejos y podía ir en un autobús nocturno para regresar a casa. Pero, después de esperar una hora, ningún autobús pasó por la estación. Además, comenzó a llover con intensidad. Cada vez había menos y menos peatones y coches. Cuando pensé en la pobreza que había en esa zona de la ciudad y el robo a mano armada que había tenido lugar, no pude evitar sentir miedo de cruzarme con alguien peligroso. En ese momento, realmente me arrepentí de haber salido esa noche.

Justo entonces, un taxi se detuvo frente a mí. El conductor bajó la ventanilla y me preguntó si estaba bien. Me dijo que los autobuses estaban de huelga y que podía llevarme a casa. A pesar de que se trataba de un taxi convencional, dudé, temiendo que pudiera ser peligroso para una chica montar en un taxi a esas horas con un conductor de sexo masculino. Eché un vistazo alrededor y no pude ver ningún coche. Las tiendas estaban cerradas y la lluvia no cesaba de caer. Estaba temblando de frío y no tuve otra opción que montarme en el taxi.

Cuando me senté en el coche, estaba intranquila. Miraba a la carretera desde mi ventanilla de vez en cuando y veía al conductor de reojo. Al darme cuenta de que no podía reconocer las carreteras por las que circulábamos, sabía que algo iba mal. Cuando el coche comenzó a pasar por calles empinadas, me quedé paralizada porque ese no era el camino a mi casa. El miedo se apoderó de mí y no podía dejar de pensar en los casos de asesinatos de las noticias… Me obligué a dejar de pensar en ello. Rogué al taxista con una voz temblorosa: “Esta no es la dirección a mi casa. Vivo en la calle XX, ¿me puede llevar por favor?”. El conductor me miró fríamente y no respondió. Miró al frente y siguió conduciendo. Su silencio me asustó aún más. Me pegué a la puerta del coche e intenté abrirla, pero estaba bloqueada. El coche continuaba avanzando por la carretera y me sentía como un cordero camino del matadero. Lo único que podía hacer era orar a Dios y suplicar que me ayudara.

De repente, el coche se detuvo y el conductor paró el motor. Miré alrededor y me di cuenta de que estábamos en un aparcamiento. Todo estaba oscuro y no había nadie en las cercanías, solo se podían ver las luces delanteras del coche. Sabía que me encontraba en un gran problema. Llena de terror, le supliqué que me llevará a mi casa. Pero el conductor permanecía inmutable. Tiré de la manilla de la puerta con toda mi fuerza, pero la puerta no se abría. Escenas de asesinatos inundaban mi mente. Sabía que estaba con una mala persona.

El taxista se dio la vuelta y me miró. Su mirada parecía más fría a medida que se acercaba a mí. La expresión de su cara arrojaba una sonrisa maliciosa que transmitía aún más frialdad y violencia. En la desesperación, me puse a empujar la puerta del coche con mi cuerpo intentando escapar. No dejaba de gritar en mi corazón: “Creo en ti Dios, creo en ti Dios…” Cuando parecía que se iba a abalanzar sobre mí, milagrosamente volvió a su asiento e involuntariamente arrancó el coche. Antes de que yo pudiera reaccionar, el coche se puso en marcha. Sabía que Dios me acababa de salvar, porque la mano de Dios sostiene el corazón y el espíritu del hombre, y los pensamientos del hombre puede cambiar conforme a los pensamientos de Dios. Cuando aquel hombre quería hacerme daño, Dios, simplemente, a través de Sus pensamientos, detuvo la disposición del hombre a hacer mal. Como dice en la Biblia: “El corazón del rey está en las manos de Jehová como los ríos de agua: Él lo dirige a donde sea que Él quiera” (Proverbios 21:1).* ¡En ese momento le di las gracias a Dios silenciosamente en mi corazón!

No sabía lo que iba a pasar, pero sabía que Dios es lo único en lo que dependo. No cesaba de orarle al Señor…

Miraba por la ventanilla y, sin saber cuánto tiempo había pasado, observé una calle que me era familiar. El taxi se detuvo frente a mi residencia y la puerta del coche se abrió. Respiré con alivio y me apresuré a salir del taxi. Corrí hacia mi habitación como si estuviera escapando para salvar mi vida y cerré la puerta. Me quedé inmóvil hasta que vi cómo el coche se alejaba, y solo entonces comencé a respirar con normalidad. Había estado muy cerca de sufrir a manos del taxista. ¡Gracias a Dios por Su protección! ¡Gracias a Dios por salvarme del mal!

La lluvia continuaba cayendo y la calle apenas estaba alumbrada. Me tumbé sobre la cama, pero no era capaz de conciliar el sueño. Me preguntaba cuántas personas en el mundo se enfrentarían a peligros cada día y cuántas personas tendrían una muerte trágica. ¿Cuántas personas evitarían el peligro como yo?

Unos días más tarde, según el periódico, se encontró el cuerpo sin vida de una modelo en una alcantarilla cerca de mi casa. Recordé lo que pasó aquella noche de lluvia. Si no hubiera sido por la protección de Dios, yo, que fui secuestrada por una persona con malas intenciones, podía haber fallecido lejos de mi hogar en un país extranjero o haber sufrido una violación que arruinara mi vida.

¡Gracias Señor! A través de mi propia experiencia, he podido ver que Dios domina y controla todas las cosas. Cuando nos encontramos en peligro, Dios nos salvará del mal si se lo pedimos en oración. Como dice en la Biblia: “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1).

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

(Traducido del original en inglés al español por David García Ruiz)

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