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El Señor me salvó del peligro en un accidente automovilístico

Habitualmente, me levanto temprano por la mañana, abro la Biblia y leo lo que el Señor Jesús dijo, en Mateo 16:26: “Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?”. Cuando reflexiono minuciosamente sobre estas palabras del Señor, siento que son extremadamente valiosas. Aunque todos sabemos el valor inapreciable de la vida, en esta sociedad, donde poderoso caballero es don dinero, ¿quién no es capaz de vender su propia vida por dinero? ¿Y quién puede escuchar las palabras del Señor? Hay muchísima gente que quiere hacer dinero sin considerar cómo esto podría afectar a sus vidas. Si no hubiera experimentado personalmente una situación peligrosa y aterradora, probablemente tampoco sabría el valor inapreciable de la vida. Déjame hacer una remembranza de aquel escalofriante acontecimiento que me ocurrió.

En 2006, tenía 19 años y estaba en la flor de mi juventud. Era una buena época para prepararse para el futuro. Me encantaba el arte, no solo porque era mi pasatiempo sino porque también soñaba con ganar fama de la noche a la mañana un día, de manera que no me preocuparía acerca de cómo ganarme la vida en el futuro. Así que postulé para estudiar en la escuela de artes. Ese año, la inscripción a las escuelas de artes alcanzó un récord jamás registrado y por eso el concurso fue particularmente encarnizado. Para incrementar las probabilidades de ser aceptado, todos trataron de pasar los exámenes en varias escuelas de arte. Durante ese periodo, se podían ver en varias grandes ciudades, por todas partes, a candidatos con sus carpetas dentro de maletines colgando de sus hombros y sus cajas de útiles en las manos. Yo también lucía así, como ellos. Terminaba un examen en la ciudad A y tenía que ir a la ciudad B para inscribirme al día siguiente.

Sin embargo, cuando desperté a la mañana siguiente, vi que mi ciudad estaba cubierta por una densa neblina y en algunos lugares la visibilidad era inexistente inclusive a más 50 metros. Pensé: “Será imposible ir hoy. La niebla es muy densa; los buses probablemente no podrán circular y la autopista podría estar cerrada”. Inesperadamente, después de preguntar, me dijeron que los buses sí circularían como de costumbre. Quedé sorprendido además de sentir preocupación: en circunstancias normales, los buses dejan de circular en días de densa niebla. ¿Sería posible que haya tantos candidatos que estos buses estarían circulando para nuestro bienestar y progreso? No tuve tiempo de pensarlo y me subí al bus que va a la ciudad B con dos de mis compañeros de clases. Poco podía saber que un siniestro se estaba desarrollando de a pocos hacia mi.

A lo largo del camino, mis dos compañeros de clases se quedaron dormidos debido al mareo que se produce al viajar en bus; sin embargo, yo no pude dormir porque sentí un desasosiego inexplicable. En la autopista, el bus iba muy rápido y el vehículo de adelante estaba cerca a nosotros, aún así no se podía ver con claridad. Estuve muy nervioso, con cierta preocupación que algo podría pasar. Ya no pude permanecer sentado tranquilamente, así que me puse de pie inclinado hacia adelante y tomé el asiento frontal de modo que el conductor podría ver aún el tráfico. Y no hice otra cosa sino orar al Señor en silencio y pedirle que nos mantenga a salvo.

De pronto, el conductor rápidamente giró el timón y la tremenda fuerza de inercia me lanzó del asiento y el bus por poco se iba a dar vuelta. Mi cabeza daba vueltas. … Después que el bus se había detenido, hubo un silencio sepulcral; era probable que todos estuvieran aterrados debido a esta situación inesperada. Había pensado que fue sólo un pequeño accidente y que podríamos irnos pronto. Apenas podía imaginar que el conductor no tenía la intención de continuar. En ese momento, un pasajero, quien tuvo algo urgente que hacer preguntó: “Oiga, señor, ¿cuándo comenzará a avanzar?” Inesperadamente, el conductor le gritó: “¿Por qué usted mismo no ve si podemos continuar?” Fue entonces cuando noté que la mano del conductor, que sostenía un cigarrillo, estaba temblando y que ese miedo se reflejaba en su rostro.

Después nos bajamos cuidadosamente del bus, llegamos a darnos cuenta lo grave que fue el accidente de tránsito. Mientras miraba, a lo lejos una sección entera de la autopista estaba hecha un desastre: pequeños y grandes vehículos estaban tumbados en seises y sietes e incluso algunos estaban juntos apilados. ¡Qué escena de destrucción! Alguien gritó muy fuerte: “¡No fume!”. Esto debido a la gasolina y al vidrio roto esparcido sobre el camino. Algunos conductores estaban presionando sus cabezas que sangraban con pañuelos, esperando ser auxiliados. Algunas personas que habían tenido las piernas con heridas, se arrastraban por el suelo. Y peor aún, al lado izquierdo frente a nuestro bus, un auto había sido completamente destrozado producto de un choque. Parecía una vieja pila de fierros. Había cuatro personas dentro del auto; uno de ellos era una estudiante como de mi edad que estuvo atrapada en el auto. Personalmente vi cómo agonizaba hasta perder su vida. … Uno de mis compañeros de clase lloró de miedo al ver la escena pero yo estaba bastante sereno y les hice recordar: “No les digan nada a su familia aún si se preocupan por ustedes". Luego vi el bus en donde habíamos estado a una distancia cortísima del lado del camión del frente. Si el conductor no hubiera girado el timón en seguida, las consecuencias habrían sido inimaginables, al menos habría sido imposible para nosotros salir ilesos por completo. Al ver la devastación, me sentí particularmente conmovido. Supe que fue el Señor quien nos rescataba y protegía, así que le agradecí en silencio, en mi corazón. La Biblia dice: “Aunque caigan mil a tu lado y diez mil a tu diestra, a ti no se acercará” (Salmos 91:7). Estaba agradecido con el Señor por ayudarnos a evitar el desastre.

Debido a que la autopista estaba cerrada, tuvimos que dejarla e ir a través del pueblo para tomar otro bus en los suburbios. Mientras estuve en la espera del bus, mis dos compañeros de clases fueron a comprar agua para beber. Pero cuando el bus se acercaba, ellos aún no venían de regreso. Les grité con inquietud y les pedí que se apresuraran; sin embargo, perdimos el bus. Me enoje con ellos, pero justo entonces llega el próximo bus e inmediatamente subimos. Después de un rato, cuando el bus estaba a punto de llegar a un cruce, vi a la distancia que otro bus se había detenido allí a pesar de que el semáforo estaba en verde. Después que nos aproximamos, vi que no había nadie dentro de él y que su parte frontal había sido seriamente dañada y cuando vi el número de placa, me di cuenta que fue el bus que habíamos perdido. De pronto, sentí un poco de miedo y también que tuve mucha suerte. Sentí la maravillosa orquestación del Señor otra vez. Si mis compañeros de clases no se hubieran retrasado y si hubiéramos subido al bus… no me atreví a pensar más y solo seguí dando las gracias al Señor.

A pesar de haber estado asustado, no hice otra cosa que suspirar: tuve tanta suerte el haber evitado dos accidentes de tránsito en un día. Si no fuera por el cuidado y la protección de Dios, no podría haber tenido tanta suerte de evitarlos.

Al experimentar este accidente, tuve una comprensión más profunda de la fe en Dios. En el pasado, siempre escuchaba a los hermanos y hermanas en el Señor decir que la comida, bebida y otras cosas que disfrutamos eran las bendiciones del Señor. Sin embargo, aquel día llegué a conocer que todo lo que Dios hace es de gran valor y gran significado para nosotros y que lo más importante que Dios hace por nosotros es garantizar nuestra seguridad.

Al recordar este suceso, no hice otra cosa sino suspirar: “¡Oh Señor, Gracias! Es Tu cuidado y protección que nos ayuda a vivir en paz y seguridad. Estás siempre a nuestro lado y nunca te apartas de nosotros y Tú aprecias nuestras vidas, valiosas como lo que son. Valoraré mi vida aún más, creo en Ti, te adoro sinceramente y te sigo para conocer la verdad”. Fue el gran amor del Señor que me salvó a tiempo. Esa terrible experiencia tuvo un gran efecto en mí, cambió el rumbo de mi vida, y de verdad me permitió sentir el valor inapreciable de la vida.

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(Traducido del original en inglés al español por Enrique Mota)

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