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He visto el gran poder de Dios en mis experiencias

Nieve, una mujer tan pura como su nombre, siempre había soñado, desde su infancia, con tener una familia feliz y plena, y pudiera cuidar a su esposo e hijos y disfrutar de la felicidad familiar. A los 25 años de edad, se casó con su Hombre ideal, una persona romántica y atenta. Después de casarse, Nieve se llevaba muy bien con la familia de su esposo y con su esposo. Bajo su afectuoso cuidado, Nieve vivió feliz.

Envuelta en felicidad, la familia esperaba un precioso niño para completarla. Tal y como era su deseo, Nieve, que amaba a los niños, se quedó embarazada, lo que le trajo mucho placer y emoción. Desde entonces, su familia la cuidó más aún, como si de un tesoro se tratase. Al acercarse el momento del parto, Nieve se volvió cada vez más inquieta por el nacimiento de su bebé. Debido a las náuseas matutinas, sentía cierto malestar, pero pensando en el bebé, sentía que merecía la pena aguantarlo.

Testimonios Cristianos Cómo su dolor se convirtió en alegría

Sin embargo, las cosas no fueron como se deseaban. Unos días antes de la fecha prevista para el parto, Nieve se hizo una ecografía. Inesperadamente, el resultado mostró que el bebé tenía hidronefrosis. El médico le aconsejó abortar. Al escuchar eso, Nieve se sintió como si un rayo la hubiese golpeado. No podía creerlo, reacia a perder el bebé que tanto había esperado. Su corazón lloraba, las lágrimas llenaban sus ojos. Al ver que Nieve lloraba sin parar, su esposo le dijo: “No te preocupes. Vayamos a un hospital más grande para otra prueba”. Su consejo le dio una ligera esperanza, pero, más tarde, la realidad la volvió a golpear: “Deberías de abortar. La enfermedad del niño no se puede curar fácilmente”. Con las palabras del médico sonando cada vez más alto en su cabeza, no supo cómo logró llegar a casa. Al ver “quiste en el riñón” en su hoja de prueba, Nieve no pudo contener las lágrimas y gritó: “¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Al verla tan miserable, su madre y su suegra la consolaron: “Ambos sois jóvenes y podéis tener otro hijo en el futuro. Deberías de hacerle caso al médico”. “¡No! ¡No quiero renunciar al bebé!”, dijo Nieve repetida y tristemente. Al verla así, su familia cayó en la depresión y la desesperanza.

Durante los siguientes días, Nieve lloró continuamente, sufriendo mucho dolor. La risa y la alegría desaparecieron de su familia, reemplazadas por sollozos desgarradores. Cuando Nieve tocaba su vientre protuberante y sentía que su bebé estaba ahí, ya no sentía felicidad, sino un dolor desgarrador. Sus ojos estaban hinchados por el llanto. A menudo decía: “No voy a abortar”. Viéndola demacrarse cada vez más, su familia se preocupaba, pero no podían hacer otra cosa que respetar su decisión. En una ocasión, un pariente de Nieve fue a verla y le llevó un libro. El pariente leyó un pasaje del libro: “Desde el momento en que llegas llorando a este mundo, comienzas a cumplir tu deber. Asumes tu papel en el plan de Dios y en la ordenación de Dios. Comienzas el viaje de la vida. Cualquiera que sea tu trasfondo y el viaje que tienes por delante, ninguno puede escapar la orquestación y la disposición que el cielo tiene guardadas y ninguno tiene el control de su destino, porque sólo Él, quien gobierna sobre todas las cosas, es capaz de hacer tal obra” (de “Dios es la fuente de la vida del hombre”). Las palabras de Dios reconfortaron el corazón roto de Nieve y le trajeron luz. Su pariente dijo: “Todo lo que sea del hombre está en las manos de Dios y está arreglado y predestinado por Él”. Nieve pensó: “Es verdad. A través de mi experiencia, he visto claramente que no controlamos nuestro destino. Siempre quería poder formar una familia y tener a mi bebé, disfrutar de la felicidad de la vida de familia, pero todos mis sueños se derrumbaron, de la noche a la mañana, a pesar de mis planes. Resulta que todo, incluso mi destino y el de mi bebé, están en las manos de Dios”.

En la palabra de Dios, Nieve, en agonía, encontró algo a lo que agarrarse. Pensó: “Sí. Tengo que dejar a mi bebé en las manos de Dios y que Él se haga cargo; me someteré a Sus planes y arreglos”. Después, Nieve cogió el libro y aceptó a Dios como su Señor. En ese momento, sintió que el peso de su dolor fue de pronto levantado. Más tarde, el bebé nació sin problemas. En ese momento, ni siquiera el médico podía creerlo. “¡Qué milagro!”, exclamó sorprendido. “Aunque el bebé solamente tiene un riñón, es muy sano”. Al escuchar al médico, Nieve no pudo evitar las lágrimas de agradecimiento porque supo que fue Dios el que le dio la vida al bebé. Esto confirma totalmente las palabras de Dios: “Dios es la fuente de la vida del hombre”.

Un día, Nieve leyó un pasaje de la palabra de Dios: “Desde el día en que el hombre vino a existir, Dios ha sido firme en Su obra, gestionando este universo y dirigiendo el cambio y movimiento de todas las cosas. Como todas las cosas, el hombre, silenciosamente y sin saberlo, recibe el alimento de la dulzura y la lluvia y el rocío de Dios. Como todas las cosas, sin saberlo, el hombre vive bajo la orquestación de la mano de Dios. El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios y toda la vida del hombre es contemplada a los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas” (de “Dios es la fuente de la vida del hombre”). Nieve valoró mucho estas palabras, ya que ella vio los hechos maravillosos de Dios debido a la enfermedad de su bebé. Sabía claramente que ella no podía hacer nada para salvar a su bebé y que la vida de su bebé llegó enteramente de Dios. También apreció el gran amor de Dios hacia ella: sin la salvación de Dios, habría vivido para siempre con el dolor que la enfermedad de su bebé le trajo; sin la salvación de Dios, nunca habría vuelto a ser feliz. Con esos pensamientos en la cabeza, Nieve le dio las gracias a Dios desde lo hondo de su corazón.

Más tarde, para expresar su agradecimiento por la vida que Dios le dio a su bebé, Nieve llamó a este “Xiaoying”, que significa “recibir el día de Dios alegremente”. Desde entonces, su casa se llenó a menudo de canciones para alabar a Dios y de la comunión sobre la verdad. Debido a la gracia de Dios, la tristeza de su familia se convirtió en alegría.

(Traducido del original en inglés al español por Andreea Georgiana)

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