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Palabras diarias de Dios | Fragmento 245 | "Es muy importante comprender el carácter de Dios"

715 08/09/2020

El carácter de Dios es un tema que parece muy abstracto y no se acepta con facilidad, porque Su carácter es diferente a la personalidad del hombre. Dios también tiene sentimientos de placer, enojo, tristeza y felicidad, pero estas emociones difieren de las del hombre. Dios tiene Su propio ser y Sus posesiones. Todo lo que Él expresa y manifiesta son representaciones de Su esencia y de Su identidad. Su ser, posesiones, así también como Su esencia e identidad, no pueden ser reemplazados por ningún hombre. Su carácter abarca Su amor, Su consuelo, Su odio y, más aún, un conocimiento profundo de la humanidad. La personalidad del hombre puede ser, sin embargo, optimista, animada o insensible. El carácter de Dios pertenece al Soberano de los seres vivos entre todas las cosas, al Creador de toda la creación. Su carácter representa honra, poder, nobleza, grandeza y, sobre todo, supremacía. Su carácter es el símbolo de la autoridad y de todo lo que es justo, hermoso y bueno. Además, es un símbolo de cómo Dios no puede ser reprimido ni atacado por las tinieblas ni por ninguna fuerza enemiga, y simboliza también cómo no puede (ni se le permite) ser ofendido por ningún ser creado. Su carácter es el símbolo del poder supremo. Ninguna persona, o personas, podrían ni pueden afectar Su obra ni Su carácter. Pero la personalidad del hombre no es más que un mero símbolo de su ligera superioridad sobre los animales. En y de por sí mismo, el ser humano no tiene autoridad, autonomía ni capacidad de trascender el “yo”, sólo es una esencia que se somete cobardemente a la manipulación de cualquier persona, suceso o cosa. El placer de Dios se debe a la existencia y a la aparición de la justicia y la luz, por la destrucción de la oscuridad y del mal. Él se complace, porque ha traído la luz y una buena vida a la humanidad; Su placer es el de la justicia, un símbolo de la existencia de todo lo que es positivo y, sobre todo, de los buenos auspicios. El enojo de Dios se debe a la existencia de la injusticia y a la perturbación que causa, las cuales están perjudicando a Su humanidad; por la existencia del mal y de las tinieblas, de cosas que ahuyentan la verdad y, aún más, por la existencia de cosas que se oponen a lo que es bueno y hermoso. Su enojo es un símbolo de que todas las cosas negativas ya no existen y, además, es un símbolo de Su santidad. Su tristeza se debe a la humanidad, para la que Él tiene esperanzas, pero que ha caído en la oscuridad, porque la obra que Él hace en el hombre no cumple con Sus expectativas, y porque la humanidad a la que Él ama no puede vivir, toda ella, en la luz. Está apenado por la humanidad inocente, por el hombre sincero pero ignorante, y por el hombre bueno pero ambivalente. Su tristeza es un símbolo de Su bondad y de Su misericordia; símbolo de belleza y de amabilidad. Su felicidad procede, por supuesto, de derrotar a Sus enemigos y de conseguir la buena fe del hombre. Además, proviene de la expulsión y de la destrucción de todas las fuerzas enemigas, y de que la humanidad reciba una vida buena y apacible. La felicidad de Dios no es como el gozo del hombre; más bien, es el sentimiento de recibir frutos agradables, un sentimiento aun mayor que el gozo. Su felicidad es un símbolo de la humanidad que se libera del sufrimiento y entra en un mundo de luz. Las emociones de la humanidad, por otra parte, existen todas para los propósitos de sus propios intereses, no para la justicia, la luz o lo que es hermoso y, menos aún, para la gracia del cielo. Las emociones humanas son egoístas y pertenecen al mundo de las tinieblas. No son por la voluntad de Dios y, mucho menos, para Su plan; por tanto, nunca se puede hablar del hombre y de Dios al mismo tiempo. Él es eternamente supremo y honorable, mientras que el hombre siempre será inferior e indigno. Esto es porque Dios está constantemente haciendo sacrificios y dedicándose a la humanidad; sin embargo, el hombre sólo toma y trabaja para sí mismo. Dios obra siempre para la existencia de la humanidad, a pesar de que el hombre nunca contribuye a la luz ni a la justicia. Aunque trabaje durante cierto tiempo, es débil y no puede resistir el más leve golpe, porque su labor siempre es para sí mismo y no para los demás. El hombre es siempre egoísta, mientras que Dios siempre es desinteresado. Es la fuente de todo lo justo, bueno y hermoso, mientras que el hombre es el sucesor, el que expresa toda la fealdad y la maldad. Dios nunca alterará Su esencia de justicia y belleza, pero el hombre puede traicionar la justicia en todo momento y alejarse de Dios.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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