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Una enseñanza de Jesús: Bienaventurados los limpios de corazón

Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

¿Qué significa tener el corazón limpio? ¿Por qué hemos de tener un corazón limpio? ¿Qué debemos hacer para ser considerados personas con un corazón limpio? Todas estas preguntas son muy importantes porque sólo si actuamos como personas con un corazón limpio, podremos darle la bienvenida a Dios regresado, verle y oír Su voz en los últimos días y, de esa manera, tendremos la oportunidad de que Él nos salve.

Analicemos la Biblia juntos y veamos quiénes, durante la etapa de la obra de Jesucristo, Lo aceptaron con un corazón limpio y quiénes se perdieron la salvación por no tener ese corazón limpio.

Por aquel entonces, Jesucristo predicó en muchos sitios para divulgar el evangelio del reino de los cielos, y también realizó muchos milagros. Sin embargo, los fariseos no entendían qué estaba haciendo Jesucristo ni consideraban que aquello fueran los actos de Dios. No podían creer que Jesucristo fuera el Mesías porque, bien fuese el nombre de Jesucristo, bien Su aspecto, bien Su linaje o bien lo que había hecho, nada Suyo concordaba con las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías. No sólo no aceptaron la obra de redención de Jesucristo, sino que también engañaron a los judíos para que, a su lado, juzgaran a Jesucristo y blasfemaran contra Él. Sin embargo, había dos tipos de personas, que trataron la llegada de Jesucristo de manera diferente, incluso tras los rumores y calumnias.

Antes de nada, echémosle un vistazo al primer tipo de personas. Juan 10 dice que el día del sabbat Jesucristo curó a un ciego en el templo y dio testimonio de Sí mismo, de que era el buen Pastor, el Hijo de Dios, y que Su autoridad procedía de Dios. Pero como habían dado credibilidad a los rumores de los fariseos, algunos judíos apedrearon a Jesucristo y dijeron: “Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le hacéis caso?” (Juan 10:20). “Estas no son palabras de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?” (Juan 10:21). “No te apedreamos por ninguna obra buena, sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Esto nos muestra que los judíos no se tomaban en serio la palabra del Señor y tampoco Su obra. No se pararon a pensar si había verdad en lo que predicaba Jesucristo, si lo que predicaba les era beneficioso y constructivo o si Su autoridad para realizar milagros procedía de Dios. Al contrario: siguieron sin pensárselo a los fariseos en su condena, juicio y blasfemias contra Jesucristo, incluso lo apedrearon. Los judíos acabaron siguiendo a sus líderes religiosos crucificando al Mesías, Aquel al que habían estado esperando contra viento y marea durante tanto tiempo. Lo que hicieron ofendió gravemente el carácter justo de Dios, lo cual llevó a la destrucción de Israel y a que los israelitas perdieran la oportunidad de seguir para siempre al Señor. Este fue el lamentable fin de aquellos que no estudiaron con atención y un corazón limpio la obra y la palabra de Jesucristo.

Veamos ahora el segundo tipo de personas, aquellos que sí tienen un corazón limpio. Tomemos a Pedro y Juan como ejemplos. Cuando Jesucristo predicaba y llevaba a cabo Su obra, ellos también oyeron las calumnias y blasfemias de los líderes religiosos y los fariseos, y fueron testigos de los ataques contra Jesucristo y cómo lo ponían a prueba. Sin embargo, no siguieron a aquellos ni condenaron a Jesucristo así sin más. Lo que hicieron fue estudiar la obra del Señor escuchando lo que predicaba y observando los milagros que Él realizaba. Tras seguir a Jesucristo durante algún tiempo, llegaron a conocer de verdad a Jesucristo y fue entonces que creyeron firmemente que todo lo que Él había dicho y hecho procedía de Dios y que no podría ser realizado por ningún hombre. De modo que, aunque los líderes religiosos y los fariseos se resistieron contra Jesucristo y lo condenaron, Pedro y Juan no se dejaron engañar por los rumores. Insistieron en seguir al Señor con un corazón limpio porque tan sólo seguían y escuchaban a Dios mientras creían en Él. Uno de los discípulos de Jesucristo, Simón Pedro dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Juan 6:68-69). Vemos que Pedro tenía una mente sobria y lúcida, y a través de los hechos y el comportamiento de Jesucristo, supo reconocer que Su identidad era la del propio Dios, y que Él era la verdad, el camino y la vida y el Mesías al que habían estado esperando durante tanto tiempo. Y así, al final, Jesucristo alabó y bendijo a Pedro.

Estas dos formas, resultado de dos opciones distintas, nos muestran que aquellos sin un corazón limpio padecerán desgracias, mientras que aquellos con un corazón limpio serán bendecidos. De modo que tener un corazón limpio es muy importante a la hora de darle la bienvenida a Dios retornado. Tener un corazón limpio significa que podemos escoger entre lo correcto y lo equivocado y que no tenemos que creer ni obedecer ciegamente a otros; no vamos a intentar medir aleatoriamente la obra y la palabra de Dios, sino que investigaremos personalmente Su obra. Solamente así podremos evitar cometer el gran error de abandonar al Mesías mientras le esperamos, y así tendremos la oportunidad de ver a Dios y oír Su voz.

La Biblia dice: “Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los siglos” (1 Corintios 10:11). Ya han pasado más de dos mil años desde que los fariseos engañasen a los creyentes para que crucificaran al Señor. El testimonio de la Biblia al respecto es una advertencia: cuando tratemos con el regreso del Señor en los últimos días, no podemos abandonarle ni condenar la obra ni la palabra de Dios sin buscar ni investigar, como hicieron los fariseos y los judíos ignorantes y tontos. Para poder recibir al Señor como lo hizo Pedro, debemos tener una mente lúcida y sobria. Sólo así se podrá cumplir la promesa de Dios: “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

(Traducido del original en inglés al español por Eva Trillo)

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