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El gran incendio que me abrió los ojos

Me llamo Ma Shun y soy cristiano. Debido al negocio tan dinámico que me proporcionaba mi fábrica y a mi deseo de ganar tanto dinero como pudiera mientras aún fuera joven, y de hecho gané suficiente, no iba mucho a las reuniones, pese a profesar una fe verdadera hacia Dios. Fue un gran incendio lo que me abrió los ojos, nada de aquello tenía valor cuando te enfrentabas al desastre, no importaban las riquezas que uno tuviera, ya que puedes quedarte sin nada en un abrir y cerrar de ojos. El dinero es tan solo algo superficial, no puede salvarte ni mantenerte alejado del peligro. Solamente Dios es mi único apoyo y salvación.

Corría el mediodía del 20 de julio de 2016, mis empleados y yo estábamos comiendo en la cocina cuando, de repente, escuchamos el estruendo de una explosión. Dejé rápidamente los palillos y salí corriendo del taller. Eché un vistazo hacia el lugar de donde venía el ruido y me di cuenta de que se trataba de la explosión de una caldera de la fábrica de al lado, la cual había comenzado a arder de manera bastante intensa, desprendiendo llamas de varios metros de altura. Esta fábrica se ubicaba al norte de la mía y ambas estaban demasiado juntas. En ese mismo instante, empezó a soplar un viento muy fuerte que, en cualquier momento, extendería las llamas hacia mi fábrica. En medio de aquella situación, me asaltó el pánico y, sin pensarlo, alcé la voz de inmediato para echar a mis empleados de allí. Se apresuraron al escuchar mis palabras. … Mientras los evacuaba, le rezaba sin parar a Dios en mi interior, “Oh, Dios. Este incendio tan inesperado me ha pillado por sorpresa. Por favor, guíame. Dios, no puedo hacer otra cosa que dejarlo todo en Tus manos. De veras creo que cada acontecimiento y cosa de este mundo depende de Ti…”.

Cuando mi familia y yo salimos corriendo hacia la carretera y miramos los edificios de la fábrica, las llamas habían alcanzado los 10 metros y del edificio ardiendo salían nubes de humo negras y densas que contaminaban el aire. Mi fábrica también estaba rodeada por el fuego y yo no dejaba de pensar en mi interior la intensidad con la que estaba ardiendo todo. Mi fábrica iba a quedar reducida a cenizas. En ese momento, mi mujer me dijo algo inquieta: “Tenemos 30.000 yuanes en efectivo en la caja fuerte del piso de arriba. Voy rápidamente a por ellos”. Me apresuré a detenerla y le dije bastante nervioso, “El fuego es muy intenso. ¡Debe preocuparte más tu vida que el dinero!” Cambió de opinión al escucharme. No obstante, pese a que acababa de decirle eso, sentí una miseria inexplicable al pensar que perderíamos la fábrica y todo nuestro dinero. Fue entonces cuando pensé en las palabras de Job, “… Jehová dió, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Es cierto, cuando Job se quedó sin nada, no habló mal de Dios, sino que alabó Su nombre. No importa lo que me vaya a pasar hoy, estaré dispuesto a obedecer. Sentí un alivio en mi corazón al pensar esto.

El gran incendio que me abrió los ojos

Permanecimos en la carretera, sin atrevernos a acercarnos a la fábrica. Algún que otro mirón alrededor nuestro sacó fotos con el teléfono para subirlas a Internet, otros susurraban: “Este incendio es demasiado grande. Es imposible que la fábrica sobreviva”. “Cierto, están muy cerca”. Yo sufría mientras les escuchaba hablar y, de repente, me acordé de la palabra de Dios, “Dónde irás cada día, qué harás, con quién o con qué te encontrarás, qué dirás, qué te ocurrirá… ¿puede predecirse algo de esto? Se puede decir que las personas no pueden prever todos estos sucesos y mucho menos controlar su desarrollo. En la vida, estos acontecimientos imprevisibles ocurren todo el tiempo, y son un hecho cotidiano. Estas vicisitudes cotidianas y su forma de desarrollarse, o los patrones por los cuales evolucionan, son recordatorios constantes para la humanidad de que nada ocurre aleatoriamente, de que la voluntad humana no puede cambiar las ramificaciones de estas cosas ni su inevitabilidad” (Dios mismo, el Único III). Reflexionando acerca de la palabra de Dios, no podía parar de preguntarme si Dios se acordaría de mí entre todos estos acontecimientos y personas. Cuando me puse a pensar en el tiempo que llevaba siendo creyente, incluso a pesar de haber confesado mi fe hacia Él, me di cuenta de que me había centrado más en ganar dinero. Así que le recé en silencio: “Oh, Dios. Creí en Ti y no te seguí fielmente, ya que me perdí buscando mi propio éxito económico. Hoy se abalanza sobre mí este gran incendio y sé que, tras él, hay algún buen propósito por Tu parte. Sean cuales sean las consecuencias, te obedeceré y, protégeme que no quejarme de Ti”.

Fue entonces cuando llegó la policía, acordonó la zona incendiada y pidió a todo el mundo que se alejara de mi fábrica unos 400 metros. Mientras tanto, al otro lado del edificio, el fuego se volvía cada vez más intenso y la temperatura aumentaba. La ola de calor nos golpeaba continuamente y las llamas se iban propagando por mi fábrica instantes antes de que llegaran los bomberos. Veía claramente cómo todos los años de arduo esfuerzo estaban a punto de desvanecerse y quedar reducidos a cenizas, pero yo solo podía quedarme ahí plantado, sin esperanza alguna, mirando desde lejos. No podía hacer nada para ayudar más que mirar; había trabajado duro durante toda mi vida, pero, al final, toda mi lucha había sido en vano. Me sentí insignificante frente a aquella masacre. Lo único que podía hacer era someterse a la voluntad de Dios. Los bomberos llegaron tarde y llevó bastante tiempo extinguir el incendio.

En cuanto se nos permitió entrar en el área, me precipité corriendo hacia mi fábrica y me quedé atónito al observar la escena ante la que me encontraba. Todo estaba intacto y en buen estado. ¡Era increíble! De veras creí que fue Dios el que controlaba aquella masacre. Tal y como Dios dice: “El desastre se origina en Mí y, por supuesto, Yo lo orquesto”. “[…] cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas” (“Dios es la fuente de la vida del hombre”). El poder y autoridad de Dios son reales y Él es el único y verdadero Dios que gobierna sobre todas las cosas. En aquel momento no podía hacer otra cosa que llorar de alegría y orar a Dios agradeciéndole todo: “¡Oh, Dios! Gracias por Tu amor y misericordia. No me has tratado en base a mi desobediencia. A partir de ahora, estoy dispuesto a creer en Ti de una manera honesta y devolverte Tu amor sincero”. Tras ello, los empleados fueron entrando poco a poco. Todos exclamaban asombrados, “¡Qué afortunado es nuestro jefe! La fábrica no ha sufrido ningún daño. Es cierto que el Dios en el que cree nuestro jefe protege su hogar”.

Me dirigí a la fábrica de al lado momentos después y comprobé que habían sufrido grandes pérdidas. Su edificio se había quemado hasta verse reducido a un amasijo de hierros; e incluso los pilares de metal se habían torcido por las llamas; toda su maquinaria, vehículos y montacargas se habían convertido en deshechos de hierro. También me fijé en que las ventanas de una fábrica cercana se habían hecho pedazos, igualmente, sufriendo bastantes pérdidas. La gente de mi alrededor decía: “Es muy extraño. Estaba claro que el viento soplaba hacia el norte. Esta fábrica está más lejos que la tuya y ha sufrido las consecuencias de la masacre, mientras que la tuya ha quedado intacta. ¡Has tenido mucha suerte!” Al escuchar esto, supe que el poder y la protección de Dios habían intervenido. Alabé y di gracias a Dios en lo más profundo de mi corazón.

El incendio me hizo darme cuenta de que sin el cuidado y la protección de Dios, por muy precipitada y ocupada sea su vida, la nuestra sería inútil, sin importa todo el dinero que ganemos. Tal y como dice Dios: “[…] sin el cuidado, custodia y provisión de Dios, el hombre no puede recibir todo lo que estaba destinado a recibir, no importa qué tan grande sea el esfuerzo o la lucha” (“Dios es la fuente de la vida del hombre”). Nadie se planteaba por qué mi fábrica había sobrevivido a semejante incendio. Sin la protección de Dios, todo hubiera quedado reducido a cenizas. Tras lo ocurrido, y hoy por hoy, me he dado cuenta de que Dios me estaba recordando que no tengo que profesar una fe incompleta y descuidada como la que profesaba con anterioridad. Y si todavía, a día de hoy, no quisiera buscar la verdad y la vida, ¿creer en Dios de esta manera sería, al final, completamente en vano? Por ello le recé a Dios: “Dios. gracias por Tu protección y amor verdadero. Me he rebelado muchas veces contra Ti. Me despreocupé por mi propia vida solo para ganar dinero. Sin embargo, tú nunca me has abandonado e incluso me sigues salvando. El incendio me ha hecho ver que no importa cuánto dinero gane, en el momento de la catástrofe, me colapso a la primera de cambio. Dios, estoy dispuesto a entregarte mi corazón y a creer en Ti sinceramente. He eliminado los objetivos insignificantes de mi vida y quiero emplear mis acciones en recompensarte por todo Tu amor”.

A partir de entonces, llevé una vida normal en la iglesia, iba a las reuniones a menudo y leía la palabra de Dios con mis hermanos y hermanas. Mi espíritu se sentía consolado y agradecido. Y muy pronto empecé a predicar el evangelio por iniciativa propia, para conducir a la gente que vivía en las sombras hacia la familia de Dios y permitirles aceptar la salvación de Dios en los últimos días. ¡Toda la gloria sea para Dios!

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(Traducido del original en inglés al español por Sofía Soldevilla García)